Auténtico Miguel Delibes

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El 12 de marzo se han cumplido diez años de la muerte de Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010); el 17 de octubre se cumplirán cien años de su nacimiento. Delibes es un valor seguro: gran escritor y excelente persona. En muchos escritores (y artistas, en general) es preferible olvidar al ser humano para centrarse en su obra. Algunas veces, felizmente, es absoluta la congruencia entre la persona y la obra. Así sucede con Delibes. Gonzalo Sobejano lo definió con una palabra: la autenticidad.

Añado yo: la fidelidad. A su tierra, Castilla y Valladolid: renunció a venir a Madrid a dirigir un importante periódico. A una sobriedad castellana en la expresión, nada barroca. A su mujer: «Mi equilibrio, el eje de mi vida. Con su desaparición, ha muerto la mejor mitad de mí». Era fiel, sobre todo, a una concepción de la literatura que no es sólo forma: «Lo primordial en una novela es el qué. El cómo, por sí solo, nunca podrá darnos una gran novela; apurando un poco, ni siquiera una novela». Él la concebía como un diálogo, una comunicación con el lector.

Más allá de la apariencia, era un personaje sensible, propenso a la melancolía, con notable sentido del humor; también, pesimista sobre el mundo actual e inseguro. Leo una de sus cartas: «A veces pienso que soy incapaz, incluso, de escribir un artículo de periódico y que todo lo hecho y por hacer es o será una nueva porquería».

Definió los valores que él admiraba en sus amigos de verdad: «Recto sentido del deber». Y en Jiménez Lozano: «Amante de la verdad, detractor de la sociedad de consumo, independiente de toda organización y de cualquier tipo de oficialismo; enamorado de lo pequeño, de lo aparentemente inane». De Cayo, su personaje, destacó «su apego a la tierra, su humanidad profunda, su orgullo, su soledad». Ésa es su autobiografía: un escritor y un ser humano auténtico.

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